La historia de Robert «Bob» Norris es un impactante recordatorio del poder y, a menudo, la ironía de la publicidad. Norris, el «Hombre Marlboro» original que encarnó la figura del rudo vaquero estadounidense en la icónica campaña de cigarrillos, falleció a la edad de 90 años en su rancho en Colorado. Lo que hace que su legado sea extraordinario es la revelación de que Norris, a pesar de ser el rostro de la marca, jamás fumó un cigarrillo en su vida.
De Ganadero a Icono Global
Bob Norris no era un actor. La compañía tabacalera lo eligió por ser la figura auténtica del ganadero: un hombre que administraba su vasto rancho, el T-N Ranch. Su imagen genuina de vaquero robusto y silencioso lo convirtió en el embajador perfecto para proyectar virilidad y libertad, impulsando las ventas de Marlboro a niveles globales y solidificando el arquetipo del «Marlboro Man».
El Principio que Puso Fin a la Campaña
A pesar de la fama y la fortuna que trajo la campaña, Norris tomó la decisión de abandonarla tras 12 años. El punto de inflexión fue una conversación con sus propios hijos. Según se informa, cuando sus hijos le preguntaron por qué estaba promocionando cigarrillos si él nunca fumaba, la pregunta resonó profundamente.
Norris decidió que no podía ser un hipócrita ni un modelo a seguir negativo. Poniendo la ética y la salud de sus hijos por encima de su contrato, dejó la campaña inmediatamente, negándose a ser el ícono que, en sus palabras, no quería que sus hijos asociaran con un hábito peligroso.
El Peligro del Icono Publicitario
El caso de Robert Norris subraya la fuerza y el peligro de los iconos publicitarios. Mientras que la imagen de Norris prosperó, muchos de los actores que lo sucedieron en la campaña del «Hombre Marlboro» padecieron y murieron por enfermedades relacionadas con el tabaquismo, una trágica paradoja que a menudo se cita como la «maldición de Marlboro».
Norris se mantuvo firme en su decisión, viviendo una vida larga y saludable en su rancho, dedicado a su familia y a la cría de caballos, demostrando que, para él, la integridad valía más que la inmortalidad publicitaria.





