La noche de este sábado, el cielo sobre Caracas no solo descargó una tormenta implacable; descargó también el peso del desamparo sobre quienes ya lo habían perdido casi todo. Fuertes lluvias, acompañadas de ráfagas de viento y descargas eléctricas, destruyeron por completo las frágiles carpas donde se refugiaban 115 familias de la comunidad OPP10, en la parroquia Santa Rosalía.
Estas familias habían quedado en la calle el pasado 24 de junio, cuando un doblete sísmico dejó inhabitables las estructuras de sus hogares. Sin una solución habitacional ni una respuesta gubernamental oportuna, no tuvieron más alternativa que improvisar un refugio de lona y esperanza. Sin embargo, la tempestad de la madrugada de este domingo terminó por arrebatarles hasta la más mínima protección, dejando a decenas de niños, personas de la tercera edad y enfermos a la intemperie, tiritando de frío y expuestos al mal tiempo.
Carlos Julio Rojas, defensor de Derechos Humanos y coordinador del Frente Norte Caracas, denunció con indignación que estas personas fueron «dejadas a su suerte» por las autoridades. Lo que debía ser un resguardo temporal se convirtió en una trampa frente a la inclemencia de la naturaleza, evidenciando la profunda vulnerabilidad en la que sobreviven.
Una noche de dolor que se extendió por el país
La tragedia no se detuvo en Santa Rosalía. La misma tormenta azotó con furia el sector La Vega, donde la crecida de una feroz corriente de agua arrastró a dos adolescentes. La angustia de los vecinos terminó en luto cuando, minutos después, ambos jóvenes fueron hallados sin vida en el callejón El Sinaí, dejando a la comunidad sumida en el dolor y la impotencia.
El embate de las lluvias rebasó los límites de la capital. Regiones como Aragua, Carabobo, Portuguesa, La Guaira y Miranda —con especial crudeza en sectores de los Valles del Tuy como Charallave— sintieron el golpe de un clima que no da tregua a familias que hoy, entre el barro y la pérdida, solo claman por refugio, dignidad y auxilio.





