Entre escombros y carencias: La angustia de los venezolanos ante el colapso sanitario post-terremoto

Jul 15, 2026

CARABALLEDA, La Guaira — Para Ramón Gutiérrez, de 71 años, el devastador terremoto que sacudió a Venezuela no solo trajo consigo la destrucción de infraestructuras, sino que ha terminado de exponer la fragilidad extrema de un sistema sanitario que ya agonizaba.

Mientras aguarda a las afueras del hospital de campaña desplegado por Japón en Caraballeda, una de las zonas más golpeadas por los sismos de 7,2 y 7,5 de magnitud, Gutiérrez relata una realidad desoladora: la ayuda internacional se ha convertido en su única esperanza ante la falta absoluta de suministros en la red pública.

La cruda realidad del sistema público

Para el septuagenario, acudir a un hospital gubernamental se había vuelto una odisea antes incluso de la catástrofe. Según explica, el paciente no solo se enfrenta a la falta de atención, sino a la obligación de costear su propia recuperación:

«Si necesitabas curar una cortada o inyectarte un medicamento, debías llevar desde la curita hasta la ampolla con la jeringuilla. En los hospitales del gobierno nunca ha habido nada», sentencia con resignación.

Ante la magnitud de la tragedia, el temor de Gutiérrez es compartido por muchos: la convicción de que los ya escasos recursos médicos del país se diluirán aún más tras los sismos.

Un alivio llegado desde Tokio

En medio de la devastación, el hospital de campaña japonés surge como un oasis de eficiencia. Operado por un contingente de 40 especialistas —entre traumatólogos, anestesiólogos, pediatras e infectólogos—, este centro médico móvil ofrece capacidades que el sistema público local es incapaz de cubrir actualmente:

  • Atención especializada: Cirugía, traumatología y medicina general.

  • Diagnóstico avanzado: Equipos operativos para rayos X, ultrasonido y análisis de sangre y orina.

  • Logística: Jornadas intensivas de trabajo de seis horas diarias para maximizar el alcance de la ayuda.

Mientras espera ser atendido por el traumatólogo japonés, Gutiérrez no solo busca alivio físico para sus dolencias, sino que personifica la desesperanza de una población que, tras los terremotos, ha quedado a la deriva, dependiendo exclusivamente de la solidaridad internacional para sobrevivir.

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