La cotidianidad en Venezuela ha sido absorbida por una crisis eléctrica crónica que va mucho más allá de la falta de luz. Para millones de ciudadanos, la interrupción constante del servicio y la incertidumbre de no saber cuándo regresará la energía han dejado de ser incidentes aislados para convertirse en una fuente de estrés sostenido que deteriora profundamente la salud mental.
La crisis en carne propia
Historias como la de Mirtha, residente de Maracaibo (estado Zulia), reflejan la realidad de gran parte del país. Tras tres noches consecutivas sin poder utilizar siquiera un ventilador debido a cortes eléctricos que alcanzan las 12 horas, su frustración es evidente: «Esto no es vida, es una catástrofe».
Para quienes habitan en el occidente y la región andina del país, la situación es crítica. En estados como Zulia, Táchira, Mérida y Trujillo, los apagones diarios superan frecuentemente las 6 a 12 horas. Otras regiones, como Aragua, Carabobo, Lara y Sucre, enfrentan interrupciones de entre tres y ocho horas. Aunque Caracas mantiene una relativa «excepción» bajo una política de priorización, la capital tampoco escapa a las fluctuaciones de voltaje y cortes esporádicos.
El déficit energético en cifras
La raíz del problema radica en una brecha estructural profunda entre la oferta y la demanda energética. Según datos de la ONG Monitor Ciudad, el panorama es el siguiente:
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Capacidad instalada: 36.732 MW.
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Disponibilidad real: 12.415 MW.
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Demanda nacional: ~15.000 MW.
En términos prácticos, el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) opera a solo un 36% de su capacidad instalada. Este déficit operativo superior a los 2.000 MW es el responsable directo de los esquemas de racionamiento que se aplican sin cronogramas oficiales, sumiendo a la población en una inestabilidad permanente que compromete su calidad de vida y bienestar psicológico.





